Las masacres de Haití: la obra del Evangelio y los hermanos que ya están en casa

La seguridad nunca fue la promesa. Su presencia sí.

Una palabra para nuestros hermanos que sirven dentro de Haití y a lo largo de su frontera, y para todos los que oran por ellos.

La noche del domingo 23 de agosto, hombres armados subieron a Kenscoff, en las montañas sobre Puerto Príncipe, y todavía estaban allí el lunes por la mañana. Las Naciones Unidas cifran los muertos en cuarenta y siete, cinco de ellos niños, aunque las autoridades haitianas habían confirmado veinticinco cuerpos en los días inmediatamente posteriores. Más de cincuenta personas fueron llevadas. Veintidós de los muertos, según el Secretario General de la ONU, fueron ejecutados dentro del recinto de una iglesia donde habían encontrado refugio. El templo de una congregación evangélica en el centro del pueblo fue incendiado. Esa iglesia había abierto sus puertas a familias que las pandillas ya habían desplazado.

Lean otra vez esa última frase. Los que murieron en ese recinto no quedaron atrapados en un fuego cruzado. Eran personas que ya habían perdido su casa una vez, acogidas por una congregación, y a las que luego dieron caza dentro de ella.

Y Kenscoff, justamente Kenscoff, venía mejorando. La violencia allí había bajado cerca de dos tercios este año en comparación con el año pasado. Esa es la parte que quiero que sopesen antes que cualquier otra cosa en esta carta. No solo la cifra. La dirección en que venían moviéndose las cosas.

¿Qué es lo que en realidad estamos viendo?

Seamos honestos acerca del terreno que pisamos, porque nadie puede sostenerse en un terreno que se niega a mirar.

Los grupos armados controlan la mayor parte de la capital: las estimaciones van del setenta al noventa por ciento según quién cuente, y la misión de la ONU misma no publica cifra alguna. La ONU documentó 1,642 personas muertas en el primer trimestre de este año y 1,408 en el segundo, lo que suma más de tres mil muertos en seis meses, y cerca del cuarenta por ciento de esas muertes ocurrieron durante operaciones de seguridad y no a manos de las pandillas. Para mayo, casi 1.47 millones de haitianos habían sido expulsados de sus hogares dentro de su propio país, y poco más de la mitad eran niños. Las pandillas ya no se conforman con Puerto Príncipe. Están avanzando hacia el Artibonite, hacia las tierras de cultivo, hacia Séguin, hacia las montañas que se suponía estaban detrás de las líneas. La fuerza de contención respaldada por la ONU empezó a llegar en abril y sigue muy lejos de los 5,500 efectivos que fue autorizada a desplegar.

Esta es la cifra que cuenta la historia mejor que cualquier porcentaje. La ONU registró ochenta y un secuestros por rescate en todo Haití durante todo el trimestre de abril a junio. Los hombres que entraron en Kenscoff se llevaron a más de cincuenta personas en una sola noche.

Y la iglesia no es algo secundario en nada de esto. Hay congregaciones que están quedando vacías, escuelas cerradas, edificios tomados o quemados, y en Kenscoff un templo ardió mientras los que se habían refugiado en su recinto morían en el suelo, afuera.

Pregúntense por qué una pandilla se toma la molestia. Una iglesia no tiene dinero que valga la pena robar ni territorio que valga la pena retener. Pero cuando la policía, los tribunales y el gobierno de un país han sido vaciados, la congregación de la esquina es la última institución en pie que le dice a un hombre que responderá ante Dios por lo que hizo el domingo por la noche. Las pandillas entienden eso mejor que la mayoría de los cristianos en países cómodos. No están quemando templos porque los edificios valgan algo. Los están quemando porque el mensaje sí vale.

Así que la pregunta que tenemos delante no es académica. Nuestros hermanos están allí. Tres de ellos dentro de Haití, y dos pastores haitianos sirviendo en otros dos lugares a lo largo de la frontera, y varios otros hermanos y hermanas a quienes queremos y con quienes nos comunicamos seguido. Todos son haitianos, nacidos y criados en ese país, y toda persona honesta que lee las noticias se está preguntando lo mismo. ¿Qué está pasando allá? ¿Qué hace uno en esa situación? Pero primero…

¿En qué pacto estamos parados?

Antes de hablar de estrategia, tenemos que resolver una cuestión de pacto, porque casi toda respuesta equivocada que dan los hombres en una crisis como esta viene de estar parados en el pacto equivocado.

Bajo el pacto que Dios hizo con Israel en el Sinaí, la seguridad fue prometida, y fue prometida por escrito. Obedece, y Jehová derrotará a tus enemigos que se levantaren contra ti; por un camino saldrán contra ti, y por siete caminos huirán delante de ti. Benditas serán tu canasta y tu artesa de amasar. Las bendiciones de Deuteronomio 28 son nacionales, territoriales y agrícolas: una tierra retenida, una cosecha recogida, un enemigo dispersado en la frontera.

Ahora hagan la pregunta sin rodeos. ¿Es ese nuestro pacto?

No lo es. Ese pacto fue hecho con una nación, en un monte, bajo un mediador, y las Escrituras dicen que terminó. «Al decir: Nuevo pacto, ha dado por viejo al primero; y lo que se da por viejo y se envejece, está próximo a desaparecer.» El antiguo pacto no fracasó. Hizo su obra, cumplió su promesa, sostuvo al pueblo hasta que vino la Simiente, y entonces fue cumplido y puesto a un lado por Aquel que lo cumplió. No estamos bajo Moisés. Estamos bajo Cristo, y la ley que obedecemos es la ley de Cristo (nomos tou Christou), que es Su propia enseñanza y la enseñanza que dio a Sus apóstoles.

Esto no es un tecnicismo. Es la diferencia entre un hombre que se mantiene firme y un hombre que se derrumba.

Porque esto es lo que pasa cuando un creyente lleva las promesas del Sinaí al Nuevo Pacto. Lee el Salmo 91 como una garantía personal: caerán a tu lado mil, y diez mil a tu diestra, mas a ti no llegará. Lo cree como un contrato. Entonces llega. Llega un domingo por la noche en Kenscoff, dentro del recinto de una iglesia, y ahora tiene un niño muerto y un templo quemado y un Dios que él cree que faltó a Su palabra.

Dios no faltó a Su palabra. Ese hombre estaba leyendo una promesa hecha acerca de la tierra de Israel y del Mesías que saldría de ella, y la estaba aplicando a su propia casa. Y fíjense en quién más citó así el Salmo 91. Satanás se lo citó a Jesús en el pináculo del templo, y Jesús se negó a tratarlo como una garantía que pudiera cobrar. Si el Hijo de Dios no usó ese versículo para asegurar Su propio cuerpo, ningún predicador en Puerto Príncipe debería entregárselo a su gente como un seguro.

¿Entonces qué pasó con las promesas? No fueron canceladas. Fueron cumplidas y ampliadas. A Abraham se le prometió una franja de tierra, y Pablo dice que la promesa a Abraham y a su descendencia era que sería heredero del mundo. Los patriarcas miraron más allá de la tierra que pisaban y anhelaron una patria mejor, esto es, celestial. Si son de Cristo, entonces son descendencia de Abraham, herederos según la promesa, y la herencia no es un pedazo de tierra en el Caribe. Es todo.

Por eso nuestros hermanos no están defendiendo territorio en Haití. Haití no es una tierra prometida que haya que retener con la espada. Entiendan lo que eso dice y lo que no dice. Un hombre puede amar a su país, y ser enterrado en él, y dar la vida dentro de sus fronteras, y aun así saber que no es la Tierra Prometida. Haití es una parte de una herencia que está siendo reclamada, un alma a la vez, por un Evangelio que terminará de reclamarla, estén o no en pie los hombres que lo predicaron.

Quemaron un edificio. No quemaron el templo.

Volvamos a ese templo en Kenscoff, porque también hay una cuestión de pacto enterrada en las cenizas.

Bajo el antiguo pacto, la destrucción de la casa de Dios era una catástrofe de primer orden. Cuando Nabucodonosor quemó el templo, la presencia de Dios se apartó y la nación fue al exilio. Había una casa, en una ciudad, en un monte, y Dios había puesto allí Su Nombre.

Ahí no es donde Él habita ahora.

Jesús se puso de pie en los atrios del templo y dijo: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré», y Juan nos dice claramente que Él hablaba del templo de Su cuerpo. Le dijo a una mujer samaritana que venía la hora cuando los hombres adorarían al Padre ni en el monte de ella ni en Jerusalén. El tipo fue retirado porque la realidad había llegado. Y ahora los apóstoles les dicen a creyentes comunes: ¿no saben que ustedes son templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en ustedes? Ustedes mismos, como piedras vivas, son edificados como casa espiritual.

Así que entiendan exactamente lo que lograron esos hombres cuando le prendieron fuego a ese edificio.

Quemaron algo de madera, algo de lámina, unas bancas, y un techo que una congregación pobre probablemente había pagado dos veces. No quemaron el templo. El templo salió caminando de ese recinto en los cuerpos de los sobrevivientes, y fue llevado a la eternidad en los cuerpos de los muertos, y no hay pandilla en el hemisferio occidental con un arma que pueda alcanzarlo.

Eso no es una figura consoladora. Es un hecho del Nuevo Pacto, y por eso la iglesia en Haití no puede ser destruida quemando sus edificios, solo estorbada.

¿Por qué no cerramos la obra?

Hagan la pregunta con honestidad y se responde sola. ¿Cerrar qué, exactamente? Los hermanos que hacen esta obra nacieron en Haití y se criaron en Haití. No hay avión en el cual subirlos, ni lugar adonde mandarlos que sea más suyo que el lugar donde ya están.

Una organización estadounidense puede suspender un programa. No puede cambiar el país de un hombre.

Pero hay una segunda respuesta, y es la que hay que decir en voz alta: no nos comprometimos con Haití con la condición de que Haití se mantuviera tranquilo. Llevo años entrando a Haití y, con toda honestidad, la cosa solo ha empeorado, y mucho. Hace poco estuve en una reunión con el director de otra ONG aquí; me explicó cómo habían tenido que trasladar su oficina principal en Haití, con toda su gente, a la costa norte, porque las pandillas tenían el control de toda la península cercana a la capital.

Eso hay que decirlo con claridad, porque buena parte del envío misionero moderno funciona con una cláusula tácita. Apoyaremos la obra donde el Evangelio hace falta, siempre que el riesgo se mantenga dentro de un rango que nuestra propia cultura considere aceptable. Esa cláusula no está en la Gran Comisión. Nunca estuvo en la Comisión. Vayan y hagan discípulos a todas las naciones (panta ta ethne), y he aquí, Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo. La promesa unida al mandato no es seguridad. Es Su presencia. No son la misma cosa, y les hacemos un daño real a nuestros hermanos cuando dejamos que alguien piense que sí.

Pablo conocía la diferencia. «Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del Evangelio de la gracia de Dios.» Dijo eso mientras el Espíritu le testificaba en cada ciudad que le esperaban prisiones y tribulaciones. No ignoraba el peligro. Lo había contado, lo había pesado contra el valor de Cristo, y lo había hallado liviano.

Y cuando sus propios hermanos lloraban y le rogaban que no subiera a Jerusalén, les respondió: «¿Qué hacéis llorando y quebrantándome el corazón? Porque yo estoy dispuesto no sólo a ser atado, mas aun a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús.»

Fíjense bien en quiénes lloraban. Gente piadosa. Gente que lo amaba. La presión para retirarse casi nunca viene del enemigo. Viene de personas que lo quieren a uno, en el lenguaje del cariño, y por esa misma razón es mucho más difícil de resistir.

Nuestro Señor resolvió el asunto para Sus hombres antes de enviarlos: «Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.» No les dijo que el cuerpo sería librado. Les dijo cuánto vale el cuerpo comparado con lo que de verdad está en juego. El miedo no se quita fingiendo que el peligro es pequeño. El miedo es desplazado por un temor mayor, y luego tragado por un amor mayor.

Para mí el vivir es Cristo. El morir es ganancia. Si las dos mitades de esa frase son verdad, entonces las pandillas de Kenscoff no tienen nada sobre nosotros que no hayamos entregado ya.

¿Es eso temeridad?

No. Y quiero tener cuidado aquí, porque existe cierta bravuconería misionera que hace que unos hombres mueran para nada y a eso le llama fe.

El mismo Señor que dijo no temáis también dijo: «Cuando os persigan en esta ciudad, huid a la otra.» A Pablo lo bajaron por el muro en una canasta. Salió de Damasco. Salió de Tesalónica de noche. Usó su ciudadanía ante los tribunales cuando eso servía al Evangelio y se calló al respecto cuando no. La sabiduría y el valor no son opuestos: son compañeros, y el hombre que tiene uno sin el otro es un peligro para la obra.

Así que nuestros hermanos se moverán cuando un camino se vuelva indefendible. Cambiarán rutinas, cancelarán una reunión, harán un culto en otro lugar, guardarán silencio por una semana. Esas decisiones les pertenecen a los hermanos que están allí, no a nadie que lea un mapa desde otro país, y todos los que estamos afuera haríamos bien en recordar que nuestra ansiedad no es consejo. Nada de eso es retirada. Un soldado que se cubre no ha desertado.

La línea es esta: ajustamos el método con toda libertad y no ajustamos el compromiso en absoluto. Cambiaremos cien veces la manera en que trabajamos en Haití. No cambiaremos si trabajamos o no en Haití porque el costo haya subido. Esa es la diferencia entre prudencia y abandono, y cada hombre de nuestro equipo necesita saber cuál de las dos tiene delante cuando cambia un plan.

¿Entonces tomamos armas?

Planteo esta pregunta no porque se le haya puesto a alguno de nuestros hermanos, sino porque en un país como este tarde o temprano se le pone a alguien, y una pregunta resuelta de antemano vale por diez respondidas en el pánico. Cuando un Estado no puede proteger un barrio, los barrios empiezan a protegerse solos. La ONU atribuye una parte de las muertes en Haití a grupos de autodefensa y a justicieros, lo que significa que la línea entre un hombre que cuida su calle y un hombre que ejecuta a su vecino ya la cruzó alguien. Así que respondámosla desde el pacto en el que de verdad estamos, antes de que alguien tenga que responderla de pie.

Bajo Moisés, Dios mandó a Israel tomar la tierra a espada. Eso no fue una concesión a la violencia humana; fue juicio divino ejecutado por medio de una nación que era, en ese momento, el instrumento de Dios en la tierra. El hombre que quiera fundamento bíblico para la guerra santa lo encuentra en Josué.

Pero no puede traerlo hasta acá, porque la espada de Israel era del pacto y ese pacto terminó. El Rey ha venido, y fue explícito acerca de lo que cambió. «Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían.» Cuando Pedro sacó la espada en defensa del mismo Jesús, que es la mejor causa que hombre alguno haya tenido para sacarla, la respuesta fue: vuelve tu espada a su lugar, porque todos los que tomen espada, a espada perecerán. Y luego Jesús sanó al hombre que Pedro había herido.

Bajo la ley de Cristo se nos dice qué hacer con el hombre que nos agravia, y no es lo que la carne quiere oír. No paguen a nadie mal por mal. No se venguen ustedes mismos, sino dejen lugar a la ira de Dios, porque escrito está: «Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor.» No sean vencidos de lo malo, sino venzan con el bien el mal. Y Pablo, que sabía exactamente lo que el poder romano podía hacerle a un cuerpo, escribió que aunque andamos en la carne, no militamos según la carne, porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas.

Sostengan eso con cuidado, porque es más estrecho de lo que suena y volveré a lo que no significa. Lo que se está descartando es que la iglesia se convierta en una facción armada más en un país que ya se ahoga en facciones armadas.

Porque piensen en lo que ganarían las pandillas. Ahora mismo la quema de un templo es una atrocidad, y todos en Haití saben que es una atrocidad. Que las iglesias levanten brigadas, y en un año ya no hay atrocidad, solo una guerra entre grupos, y la última institución del país con las manos limpias las ha perdido.

La Iglesia en Haití es casi la última institución de ese país con las manos limpias. Las manos limpias no son un activo pequeño. Son toda la razón por la que un hombre todavía escuchará a un predicador en un lugar donde no confía en nadie más, y se gastan en el momento en que la iglesia se arma.

Así que no. Armas en contra de los pandilleros no. Nuestros hermanos predican, y si alguna vez a alguno le cuesta la vida, ese es el arreglo que el Señor mismo describió antes de que ninguno de nosotros se apuntara.

¿Entonces un hombre no puede defender a su propia familia o su casa?

Sí puede, y debe hacerlo. Nunca hemos dicho lo contrario, y no quiero que ningún hermano se levante de esta carta pensando que sí.

Un esposo que pone su cuerpo entre un intruso y su esposa para defenderla con fuerza no está quebrantando la ley de Cristo. Está haciendo lo más elemental para lo que existe un esposo. Pablo dice que el que no provee para los suyos ha negado la fe y es peor que un incrédulo, y una provisión que cubre el arroz y se detiene en la puerta no es provisión. Miren lo que ese hombre está haciendo en realidad. No está vengando nada. No está saliendo a buscar a nadie. Está parado donde ya vive, entre un atacante y personas de las que él responde, y se detiene en el momento en que el ataque se detiene.

Hasta la propia legislación de Israel conocía la diferencia. Al ladrón hallado forzando una casa de noche se le podía herir de muerte y no había culpa de sangre; el mismo golpe después de salido el sol acarreaba culpa de sangre. No estamos bajo ese código, y no estoy argumentando desde él como ley. Estoy señalando el sentido moral que hay debajo, que nada en el Nuevo Testamento revoca: detener una agresión en curso es un acto, y saldar cuentas después es un acto completamente distinto. «No se venguen ustedes mismos» es un mandato acerca de la venganza. Nunca fue un mandato de quedarse en el rincón mirando cómo se llevan a su hija.

¿Entonces qué es lo otro? ¿Qué es lo que en realidad estamos rechazando?

Lo otro es que la iglesia, como Iglesia, forme un cuerpo armado y salga a pelear. Es una congregación que se vuelve facción. Son hombres que dejan su propia calle para cazar en la de otro. Es el pastor que ahora es comandante, la reunión de oración que ahora es una formación, y el Evangelio reducido a la bandera de un bando en la guerra de otro. Esa guerra no es nuestra, y no lo es por razones que nada tienen que ver con el valor.

Ahora déjenme decir la parte que casi siempre se omite, porque los dos extremos de esta línea son claros y el medio no.

La puerta de la casa es clara. La brigada organizada es clara. El medio son veinte hombres de una congregación que acuerdan vigilar de noche el camino que entra al pueblo, y ahí es precisamente donde un hombre necesita estar más despierto, porque ahí es donde esto siempre empieza y no es donde termina. Una guardia no se queda en guardia. Consigue armas, después un jefe, después una lista, después un agravio, y una noche detiene a un desconocido en el camino y decide su culpa allí mismo. Más de una vez, una turba de este país que ha quemado vivo a un hombre empezó como vecinos cuidando una calle.

Así que aprendan las señales, y búsquenlas en ustedes mismos mucho antes de buscarlas en cualquier otro.

  • Han cruzado la línea cuando salen del lugar donde viven para ir a buscarlo. Vigilar es una cosa. Cazar es otra.
  • La han cruzado cuando el punto ya no es detenerlo, sino hacerlo pagar.
  • La han cruzado cuando un hombre que se ha rendido, o está atado, o está desarmado, todavía corre peligro de parte de ustedes.
  • La han cruzado cuando esto ya no es un hombre protegiendo un hogar, sino un cuerpo permanente con nombre, cadena de mando y lista de enemigos.
  • Y la han cruzado con toda seguridad cuando el nombre de la iglesia está en ello. Un creyente puede servir como policía. Una congregación no puede ser una milicia.

Sostengan las dos cosas a la vez y no se equivocarán mucho. No somos pacifistas y nunca le hemos pedido a un esposo o padre haitiano que lo sea. Tampoco vamos a ponerle un rifle en la mano a la Iglesia y llamarlo fe. Un hombre puede defender su casa. La Iglesia no puede pelear la guerra del país.

Y el hermano que en una noche dada no logre distinguir cuál de las dos cosas está haciendo tiene una sola pregunta que hacerse, y es corta. ¿Estoy parado donde vivo, o salí a buscar?

¿Quiénes han ido antes que nosotros?

No somos los primeros en enfrentar esta aritmética, y no estamos ni cerca de lo peor de ella.

Esteban predicó y fue apedreado por la gente a la que predicaba, y la persecución que estalló ese día esparció a la iglesia, y «los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio». La matanza no detuvo el Evangelio. Lo distribuyó.

En Hechos 12, Herodes mató a espada a Jacobo. En el párrafo siguiente, Dios envió un ángel y sacó a Pedro de la cárcel. Dos apóstoles, la misma iglesia, las mismas oraciones, la misma semana: uno sepultado, otro librado. La Escritura no explica la diferencia y no se disculpa por ella. Deberíamos dejar de esperar una garantía que Dios mismo se negó a dar.

John y Betty Stam fueron decapitados por soldados comunistas en la provincia de Anhui en 1934, y su hija Helen, que no tenía ni tres meses, fue hallada viva en una casa abandonada como día y medio después. Jim Elliot y otros cuatro murieron atravesados por lanzas en un banco de arena del río Curaray, en Ecuador, en enero de 1956, y Elliot había resuelto la cuestión en su diario seis años antes de que se la plantearan: «No es necio quien da lo que no puede retener para ganar lo que no puede perder.» Tertuliano lo dijo en una sola frase en el siglo segundo, escribiendo a los magistrados romanos que mataban cristianos: la sangre de los cristianos es semilla.

La palabra griega detrás de nuestra palabra «mártir»(martys), y es sencillamente la palabra corriente para un testigo, el hombre que se pone de pie y cuenta lo que vio. En el Nuevo Testamento eso sigue siendo lo que significa. Solo a lo largo del siglo segundo se estrechó para significar un testigo cuyo testimonio le costó la vida. El idioma mismo guardó el registro: para aquellos cristianos, testificar y morir habían corrido juntos hasta que una sola palabra cubrió las dos cosas.

Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto.

Y no pierdan de vista a quiénes fue enviada la carta del Nuevo Testamento que trata del Nuevo Pacto. Hebreos fue escrita a creyentes que estaban siendo expuestos a vergüenza pública, cuyos hermanos estaban presos, cuyos bienes habían sido saqueados, y que estaban tentados a deslizarse de vuelta a una religión más antigua y más segura para detener la sangría. Todo el argumento de esa carta es que el Nuevo Pacto es mejor: un mejor Mediador, un mejor sacrificio, un mejor sacerdocio, mejores promesas. Y la frase pastoral en la que aterriza es esta: «El despojo de vuestros bienes sufristeis con gozo, sabiendo que tenéis en vosotros una mejor y perdurable herencia en los cielos.»

Lean eso en un país donde 1.47 millones de personas han sido expulsadas de sus casas. Esa frase no fue escrita para una congregación cómoda. Fue escrita para gente que había perdido la casa.

Después la carta se vuelve a los hombres y mujeres que fueron antes, y se niega a fingir que a todos los rescataron. Algunos escaparon del filo de la espada. Otros fueron aserrados, muertos a filo de espada, pobres, angustiados, maltratados, errando por los desiertos y por las cuevas. Los dos grupos están en el mismo capítulo y los dos son elogiados por la misma fe. Y el veredicto del Espíritu sobre los que no fueron librados cabe en una frase: de los cuales el mundo no era digno.

No «a quienes les faltó fe». No «que estaban fuera de la voluntad de Dios». El mundo no era digno de ellos.

Pero trabajamos por medio de nacionales. ¿No resuelve eso el problema?

No. Y este es el punto que más quiero que se entienda, porque es el punto que más malinterpreta la gente de buenas intenciones.

Trabajamos por medio del nacional para alcanzar a su propio pueblo. Esa es nuestra convicción y nuestro método. Hombres haitianos, predicando en su propio idioma, en sus propias comunidades, a sus propios vecinos, plantando iglesias que le pertenecen a Haití y no a nosotros. Sostenemos esa posición por razones bíblicas, no logísticas. Es la manera correcta de plantar una iglesia neotestamentaria, y seguiría siendo la manera correcta aunque Haití fuera el país más seguro de la tierra.

Pero nunca se debe vender como un plan de seguridad. Trabajar por medio de nacionales es una estrategia para plantar iglesias. No es una estrategia para evitar la sangre.

Porque miren lo que de verdad pasó en Kenscoff. Haitianos mataron a esa gente. Haitianos ejecutaron a los que estaban en el recinto de esa iglesia. Haitianos quemaron ese templo. Ningún extranjero estaba entre los muertos y ningún extranjero estaba entre los atacantes. Allá están masacrando a su propia gente, y llevan años haciéndolo. La amenaza que publicó su líder después iba dirigida por nombre al propio director de la policía de Haití. Esta no es una nación que resiste a los de afuera. Es una nación devorada desde adentro.

Así que ser haitiano no es un escudo. Hablar criollo no es un escudo. Ser del barrio, tener familia en esa calle, conocer a la madre del jefe de la pandilla: nada de eso es un escudo. Los obreros nacionales no corren menos peligro del que correría un extranjero.

En realidad corren más. Nuestros hermanos viven allí. Todos conocen sus casas, sus esposas, sus hijos, y la hora en que se reúnen sus congregaciones. Y ninguna de las salidas con las que un extranjero cuenta calladamente existe aquí: no hay embajada a la cual llamar, ni plan de evacuación, ni junta directiva en otro país debatiendo si sacarlos. Cuando se cierra el camino, un extranjero tiene una decisión que tomar y ellos no. Eso no es una trampa. Eso es un hogar.

Y aquí tengo que ser honesto acerca de mí mismo, porque este es exactamente el punto donde un hombre en mi posición empieza a contar una historia que lo favorece. Yo entro a Haití. Nadie más de nuestro lado lo hace, salvo hermanos haitianos como Job. Pero entro con un plan, nunca estoy solo y nunca me quedo demasiado tiempo en un mismo lugar, moviéndome lo más rápido posible entre un destino y otro en motocicleta. Y luego me voy a casa, a otra parte. Mis hermanos ya están en casa. Cualquier riesgo que yo tome en un viaje, lo tomo con una fecha de regreso en el bolsillo, y ellos toman el suyo sin ninguna.

No voy a fingir que esa distancia no existe. No la voy a describir como riesgo compartido, porque no es compartido, y el hombre que lo llama compartido ha empezado a mentirse a sí mismo. No es lo mismo.

Lo que esa distancia crea en realidad es una deuda. Si nuestros hermanos cargan la exposición, entonces la dirección de esta obra viene de ellos y no de nosotros. Ellos nos dicen cuál es la situación; nosotros no se la decimos a ellos. Ellos deciden cuándo moverse; nosotros costeamos el movimiento. No armamos un plan en otro país para bajárselo a hermanos que van a absorber sus consecuencias. Y nunca, ni una sola vez, dejamos que nadie crea que hay un equipo de estadounidenses en la primera línea.

Porque un modelo que calladamente traslada el peligro a hombres con menos salidas, y luego se felicita por ser autóctono, no es una filosofía misionera. Es una manera de cumplir la Gran Comisión a costa de otro.

No estamos allí para rescatar a la iglesia haitiana. Los hermanos que hacen esta obra son sus propios hijos. Estamos allí para poner el hombro debajo de lo que ellos ya están cargando.

¿Qué ha prometido Él en realidad?

Si las garantías del Sinaí no son nuestras, entonces un hombre tiene derecho a preguntar cuáles sí lo son. Seamos precisos, porque un consuelo vago no le sirve a nadie a las dos de la mañana.

El Nuevo Pacto fue prometido por medio de Jeremías y citado de vuelta en Hebreos, y contiene cuatro cosas. Pondré Mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré. Y seré a ellos por Dios, y ellos Me serán a Mí por pueblo. Todos Me conocerán, desde el menor hasta el mayor de ellos. Y seré propicio a sus injusticias, y nunca más Me acordaré de sus pecados.

Miren bien esa lista. No hay tierra en ella. No hay cosecha, ni seguridad, ni enemigo dispersado, ni frontera protegida. Lo que se promete es un corazón nuevo, un Dios que los posee, un conocimiento de Él que alcanza al miembro más pequeño de la congregación, y pecados de los que nunca más se acordará. Cada una de esas cuatro cosas está fuera del alcance de un hombre con un arma.

Y noten esto, porque toca directamente a las iglesias en las que están nuestros hermanos o que están tratando de plantar. «Todos Me conocerán, desde el menor hasta el mayor de ellos.» El Nuevo Pacto no tiene miembros incrédulos. No es una parroquia que recibe a todo el que vive en el distrito. Es un cuerpo de personas que de verdad conocen a Dios, y por eso no vamos a contar cabezas y llamarlo iglesia, y por eso preferimos nueve hombres en un cuarto que Lo conocen a noventa que vinieron por el techo.

Eso es lo que fue prometido. Ahora, esto es lo que fue prometido acerca del camino.

«En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.» «Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el Reino de Dios.» «Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución.» Estas no son advertencias añadidas al Evangelio. Son términos del Evangelio, declarados de antemano, por Aquel que lo pagó.

Y luego Romanos 8, donde Pablo pregunta si la tribulación, o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espada pueden separarnos del amor de Cristo, y responde citando un salmo de lamento: «Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; somos contados como ovejas de matadero.» No lo suaviza. Cita la matanza y luego dice que en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó.

Más que vencedores en estas cosas. No en lugar de ellas.

Hay una cosa más, y es el suelo debajo de todo lo demás. Miren cómo fue inaugurado este pacto. «Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama.» Hebreos dice que un pacto solo entra en vigor con la muerte, y que el Dios de paz resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesús por la sangre del pacto eterno. El pacto al que servimos fue cortado en sangre. No comenzó en seguridad y nunca iba a avanzar en seguridad.

Y termina donde Juan lo vio terminar: una gran multitud que nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, de pie delante del trono. Haití está en ese número. Algunos de los hermanos que conocemos estarán en él. Puede que unos pocos lleguen allá antes de lo que quisiéramos, y ni uno solo llegará como víctima. Llegarán como testigos.

Una exhortación final

A nuestros hermanos: mantengan su puesto, conserven la cabeza fría, y no dejen que nadie los avergüence ni hacia la temeridad ni hacia la retirada. Tomen consejo de los hermanos que están a su lado. Muévanse cuando deban moverse. Prediquen donde están. Ustedes conocen ese país y sus peligros mejor de lo que jamás los conoceremos los que estamos afuera, y no vamos a cuestionar una decisión que ustedes tomen parados en la calle.

A los que dirigimos desde afuera: nuestra comodidad no es sabiduría y nuestro miedo no es discernimiento. Damos recursos, oramos, seguimos localizables a cualquier hora, y nos callamos la boca sobre tácticas que no estamos presentes para entender. Si no nos sentaríamos en el cuarto donde está el riesgo, no nos toca dirigir la reunión.

A todos los demás: oren, y envíen. Trece de los cautivos fueron liberados el 29 de agosto, entre ellos seis niños y siete mujeres. Oren por los más de treinta que siguen retenidos, y por las familias que los esperan. Oren por la congregación cuyo edificio es ceniza. Oren por los pastores haitianos que volverán a predicar este domingo. Oren para que Dios quiebre a las pandillas, y oren para que salve a algunos de ellos, porque Saulo de Tarso estuvo en un apedreamiento antes de sostener una pluma para escribirle a la iglesia.

Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte.

Lean el orden de esa frase. La sangre del Cordero viene primero, porque la victoria fue ganada antes de que ninguno de nosotros llegara. La palabra del testimonio de ellos viene segunda, porque esa victoria la anuncian hombres que abren la boca. Y el no amar sus vidas viene al final, no como el precio de la victoria, sino como la prueba de que la creyeron.

Una última cosa, y para decirla tengo que retirar una palabra.

Esta carta tuvo otro título hasta el último borrador. Los hermanos que se quedan. Así la titulé, y así pensé en estos hermanos todo el tiempo que estuve escribiendo, y es la palabra equivocada. Quedarse es una palabra de extranjero. Lleva debajo una suposición escondida: que irse era lo obvio y que permanecer fue la decisión, y esa suposición dice más del que escribe que de los hombres sobre quienes escribe.

Pregúntenlo sin rodeos. ¿Quedarse en lugar de qué? ¿Irse adónde?

Haití no es un lugar que estos hermanos estén soportando hasta que se abra algo mejor. Es su país. Sus madres están enterradas en él. Sus hijos están aprendiendo a leer en él. El idioma en que predican es el idioma que aprendieron de bebés. Nadie escribe un artículo sobre un pastor de un país tranquilo que se quedó en su propio pueblo, y nadie debería tener que escribir uno sobre un haitiano que sencillamente está en su casa.

Nos hemos acostumbrado a un relato en el que todo haitiano está tratando de salir. Algunos sí lo están, pero no es el país entero y nunca lo fue. Y muchos haitianos jamás han considerado irse, porque el país es suyo y lo aman y se proponen verlo sanado. Nuestros hermanos están entre ellos.

Así que no se «quedaron». Están «en casa», y aunque las pandillas traten de apoderarse de su país, ellos siguen de pie en él, predicando.

No permanecieron en Haití porque fuera posible. Permanecen porque Él es digno, y es digno los días en que cuesta todo.

El Evangelio vale la pena. Jesús vale la pena. Nada de esa noche de domingo cambia eso.

Soli Deo Gloria


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